Era un día como hoy cuando sentí un irrefrenable deseo de ver el mar. Paraguas en mano, me dispuse a caminar en compañía de la anunciada tormenta, hacia el puerto de mi ciudad. La luz tenue de ese día tan nublado era suficiente para, sin esfuerzo, iluminar las sombras de los recuerdos tabúes que permanecían recluidos en lo más profundo de mi olvido.
No tengo claro en que momento del paseo por el muelle deje de pisar suelo firme. Creo poder afirmar que fui hipnotizado por una música de orquesta que interpretaba una pieza inconclusa, y sin partitura, de algún irreverente y anónimo compositor. Yo agitaba el paraguas, siempre cerrado, cual batuta poseída mientras el viento danzaba melancólicamente con las olas. Las gotas de lluvia por su parte,dedicaban toda su efímera existencia a acariciarlas de una en una.
¡Qué regocijo para los sentidos es tanta belleza!. El placer que me produjo ser testigo presencial de un momento que no por repetido deja de ser milagroso, hizo que perdiera el conocimiento durante unos segundos, o años talvez.
Al despertar, el fluir de mi cuerpo había dejado de ser una metáfora para convertirse en literal. Levanto la vista, y observo a mi alrededor como cientos de peces quiebran el obstáculo que yo les suponía en su eterno recorrido hacía el océano de su propio nunca jamás … debería sentirme extraño, o al menos sentir algún atisbo de preocupación. No era el caso. Al contrario, el entusiasmo y la seguridad que allí, en lo profundo del conocimiento sentí, se transformaron por algún extraño proceso de metabolización, en oxígeno para mis pulmones y en cura de inspiración.
Las botas de montaña que calzo no dejaban huella en la arena empapada. Lo primero que pienso es, ¡ soy libre de andar por donde me plazca! sin dejar rastro a los perros del unitario tabú…. Pronto me doy cuenta con un leve movimiento de brazos que andar ya no es necesario. Comienzo así a volar por las profundidades de lo inexplorado. Atrás queda mi, hasta ese momento, limitada experiencia. Avanzo entre corales hasta una enorme roca. Al llegar observo que es la entrada a una gruta profunda de indescriptible hermosura. De frente, una figura de mujer emerge y se acerca. Mis labios, hasta ahora mudos, preguntan ¿Eres tu mi musa?. Ella me toma la mano y me guía en el viaje por el descubrir de la certeza.
He de decir que cuando entré en este mundo no noté ninguna diferencia en el cambio de estado elemental. La lluvia y la desesperación, que no el frío, se había apoderado del último hueso de mi cuerpo ante lo que debió ser,según los seres que habitan fuera del agua, mis hasta ahora coetáneos y desde ahora reptiles humanos,un supuesto intento de suicidio… Lo cierto es que desde entonces mi musa me envía la lluvia con una sonrisa en forma de sinfonía para así convertir el verdadero suicidio que es la vida complaciente, en vía de servicio hacia un mundo redentor… es aquí desde donde ahora escribo y pinto. Dando forma al rompecabezas. Por eso me alegro cuando llueve.
No tengo claro en que momento del paseo por el muelle deje de pisar suelo firme. Creo poder afirmar que fui hipnotizado por una música de orquesta que interpretaba una pieza inconclusa, y sin partitura, de algún irreverente y anónimo compositor. Yo agitaba el paraguas, siempre cerrado, cual batuta poseída mientras el viento danzaba melancólicamente con las olas. Las gotas de lluvia por su parte,dedicaban toda su efímera existencia a acariciarlas de una en una.
¡Qué regocijo para los sentidos es tanta belleza!. El placer que me produjo ser testigo presencial de un momento que no por repetido deja de ser milagroso, hizo que perdiera el conocimiento durante unos segundos, o años talvez.
Al despertar, el fluir de mi cuerpo había dejado de ser una metáfora para convertirse en literal. Levanto la vista, y observo a mi alrededor como cientos de peces quiebran el obstáculo que yo les suponía en su eterno recorrido hacía el océano de su propio nunca jamás … debería sentirme extraño, o al menos sentir algún atisbo de preocupación. No era el caso. Al contrario, el entusiasmo y la seguridad que allí, en lo profundo del conocimiento sentí, se transformaron por algún extraño proceso de metabolización, en oxígeno para mis pulmones y en cura de inspiración.
Las botas de montaña que calzo no dejaban huella en la arena empapada. Lo primero que pienso es, ¡ soy libre de andar por donde me plazca! sin dejar rastro a los perros del unitario tabú…. Pronto me doy cuenta con un leve movimiento de brazos que andar ya no es necesario. Comienzo así a volar por las profundidades de lo inexplorado. Atrás queda mi, hasta ese momento, limitada experiencia. Avanzo entre corales hasta una enorme roca. Al llegar observo que es la entrada a una gruta profunda de indescriptible hermosura. De frente, una figura de mujer emerge y se acerca. Mis labios, hasta ahora mudos, preguntan ¿Eres tu mi musa?. Ella me toma la mano y me guía en el viaje por el descubrir de la certeza.
He de decir que cuando entré en este mundo no noté ninguna diferencia en el cambio de estado elemental. La lluvia y la desesperación, que no el frío, se había apoderado del último hueso de mi cuerpo ante lo que debió ser,según los seres que habitan fuera del agua, mis hasta ahora coetáneos y desde ahora reptiles humanos,un supuesto intento de suicidio… Lo cierto es que desde entonces mi musa me envía la lluvia con una sonrisa en forma de sinfonía para así convertir el verdadero suicidio que es la vida complaciente, en vía de servicio hacia un mundo redentor… es aquí desde donde ahora escribo y pinto. Dando forma al rompecabezas. Por eso me alegro cuando llueve.
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